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María Albarellos y su flauta marcan el compás de hinchas que aguardan a la Selección en Córdoba

Horas de vigilia frente al hotel donde se aloja el plantel campeón del mundo. María del Carmen Albarellos animó con su flauta a cientos de fanáticos que llegaron por el feriado y la previa ante Bolivia.

· 5 min de lectura Por Redacción Base Tucumán

María Albarellos y su flauta marcan el compás de hinchas que aguardan a la Selección en Córdoba

Bajo el sol cordobés, la flauta de María del Carmen Albarellos no suena como en una sala de música: suena en la vereda, entre camisetas argentinas sobre el piso, chicos apoyados en las vallas y padres que no apartan la vista de una puerta que sigue cerrada. Levanta el instrumento, traza unas notas y retoma lo que hace desde hace horas: ordenar la ansiedad de quienes la rodean.

—¡Que salgan a saludar, que salgan a saludar!

Ella abre; el resto responde. Por momentos la puerta del hotel parece atraer a todos por igual: alcanza que un policía se mueva, que alguien mire hacia el vidrio o que surja la ilusión de un movimiento adentro para que decenas de cabezas giren a la vez. No pasa nada y la espera vuelve.

La selección argentina está adentro. Afuera, cada hincha llegó con una misión chica.

María vino con su nieto. En Córdoba hay feriado por San Jerónimo; el chico no tuvo clases y quiso probar suerte. Cuando arribaron, cuatro horas antes, casi no había gente. Después sumaron otras familias, camisetas, pelotas y vendedores que acomodaron mercadería celeste y blanca sobre el asfalto.

“Hoy estoy de abuela full”, cuenta María. “Mi nieto quería venir para ver si tenía suerte de ver a los jugadores de la Selección. Y yo, como siempre, acompañándolo”.

Acompañar, en su caso, no alcanzó: casi sin proponérselo pasó a dirigir la espera colectiva. Si canta, cantan; si reclama que salgan los jugadores, el pedido crece detrás suyo; cuando las voces se desordenan, vuelve la flauta dulce. “Yo los aliento y los guío con la flauta para que canten”, explica.

El instrumento no nació ese día: toca desde chica, en una familia de músicos donde hubo flauta, piano y canciones desde que recuerda. Frente al hotel hasta se permite ir más atrás que el título de Qatar: toca notas ligadas al Mundial de 1978 y sonríe. Después regresa al presente: “Recemos para que escuchen, con toda la prensa que hay aquí, toda la movida, y los jugadores aunque sea salgan para que los niños los vean. Ese es el deseo”.

El feriado local y la previa ante Bolivia concentraron familias que viajaron cientos de kilómetros por una firma o una foto; la escena muestra cuán vigente sigue el fervor por los campeones del mundo en el interior, donde la ilusión comunitaria pesa tanto como la presencia de figuras como Messi.

A unos metros, Andrés llegó desde Coronel Moldes, a casi 350 kilómetros, con sus dos hijos. Tiene entradas para el partido contra Bolivia y otro deseo que ya sabe que no podrá cumplir.

María Albarellos y su flauta marcan el compás de hinchas que aguardan a la Selección en Córdoba

Quería ver jugar a Lionel Messi alguna vez: “Era un sueño que tenía”, dice. “Lo quería ver jugar y parece que nos dejaron afuera. Tendría que haber jugado 20 minutos, media hora”.

No hay enojo al contarlo, sino algo parecido a la resignación de quien hizo las cuentas, organizó el viaje y llegó sabiendo que una de las cosas que imaginaba ya no sucedería. La familia había pasado también por el hotel la noche anterior; este miércoles volvió a intentarlo. Llevaban más de cuatro horas esperando cuando Andrés empezó a preguntarse cuánto tiempo más quedarse.

“Dicen que aparentemente no van a salir hoy. No sé si nos vamos a quedar un rato más o no. Pero estamos felices de la vida”.

Messi no estará dentro de la cancha, pero Andrés habla de él como de alguien que forma parte de una historia familiar. “Amo a esa persona por las alegrías que nos dio y las tristezas que nos dio. Es tiempo de que se retire con toda la gloria que tiene encima y con la humildad que tiene”, dice. Y enseguida aclara algo que para él no necesita demasiadas explicaciones: “Seguimos con la Selección y vamos a seguir a muerte con ella”.

Sabina no consiguió entradas; para sus hijos, quizás el partido sea este. Llegaron al hotel con una camiseta, una pelota y un guante impreso en 3d. Uno de los chicos es arquero y tiene un objetivo bastante preciso: Emiliano “Dibu” Martínez.

“Mi nene tiene su guante porque es arquero”, cuenta Sabina. “Principalmente queremos ver al Dibu, porque mi hijo es fanático. También al Cuti y, bueno, a los que salgan. No hay problema”.

La frase resume bastante bien el espíritu de esa vereda: todos tienen un favorito hasta que aparece cualquiera. Sabina ya había estado allí la noche anterior y volvió con sus dos hijos. No sabe cuánto durará la espera. “Hasta que podamos ver a los jugadores y podamos lograr que nos firmen algo”, responde.

El guante sigue sin firma. Sobre el suelo, las camisetas esperan compradores. Contra las vallas, los chicos buscan el mejor lugar. Alguno lleva la 10 de Messi; otro camina vestido de arquero con el 23 de Martínez en la espalda. Una bandera argentina flamea entre la gente. Los adultos consultan teléfonos, preguntan a periodistas, intercambian versiones sobre horarios que nadie parece conocer del todo.

María vuelve a levantar la flauta. Las primeras notas consiguen lo que durante toda la mañana no consiguió la puerta del hotel: que todos dejen de mirar hacia lugares distintos. Por unos segundos, la espera vuelve a tener ritmo.

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