Rearme récord en Europa: el temor a Rusia crece, pero no hay guerra convencional a la vista
Tras más de dos años del conflicto en Ucrania, los Estados europeos invierten en defensa como nunca. Analistas advierten por ciberataques y acciones híbridas, aunque descartan una invasión abierta del continente.
· 5 min de lectura Por Redacción Base Tucumán

A más de dos años y medio del inicio formal de la invasión rusa sobre Ucrania, el continente europeo vive una transformación medible en presupuestos de defensa, retórica castrense y la zozobra persistente de un estallido que arrastre a más países. ¿Está al borde de un choque frontal con la Rusia de Vladimir Putin? Para distinguir si se trata de una antesala real o de temores amplificados, Paula Villaluenga y Macarena Sabio, licenciadas en Relaciones Internacionales, analizan un tablero donde las tensiones se disputan no solo en trincheras, sino en fibra óptica, urnas y pasos fronterizos.
Hoy Europa acelera el rearme por miedo a una escalada con Moscú después de la guerra en Ucrania, aunque las expertas descartan una invasión convencional directa sobre el continente. Roce en las fronteras, ciberataques y la incertidumbre sobre el respaldo de Estados Unidos empujaron a registrar gastos militares récord orientados a disuadir. En los últimos días y semanas circulan noticias alarmantes sobre la situación continental; Villaluenga lo define como uno de los momentos de mayor incertidumbre en décadas. Para ella, el núcleo del problema es que “el escenario de la guerra entre Rusia y Ucrania está lejísimo de una resolución definitiva”. “Esa falta de horizonte claro alimenta un riesgo constante, ya que cada incidente cercano a las fronteras de la OTAN, cada ataque contra infraestructura crítica o cada incremento de la asistencia militar a Ucrania aumenta la posibilidad de un error de cálculo que amplíe el conflicto”, advierte.
La percepción de alarma en la opinión pública no es gratuita: roces en las fronteras bálticas y polacas, sobrevuelos de aeronaves militares y golpes a la infraestructura energética ucraniana mantienen el pulso al límite. Ese temor reactivó en la teoría internacional el dilema de seguridad. Villaluenga señala con claridad “una Europa que está acelerando su rearme con un aumento del gasto militar, con expansión de la industria de defensa y una búsqueda de mayor autonomía estratégica”. “Son señales inequívocas de que los gobiernos europeos ya no consideran la guerra como una amenaza lejana, activando una dinámica peligrosa en la que «mi vecino se arma, yo me armo, el otro se arma y yo me armo, y ahí empieza esta escalada que no tiene fin”, explica.
Frente a lecturas catastrofistas que anuncian tanques rusos sobre Varsovia o Berlín, Sabio pide separar dos planos. “Por un lado, hay un peligro real, que es que Rusia sostiene una guerra de invasión en Ucrania, tiene capacidad para atacar infraestructura, usa drones, ciberoperaciones y campañas de desinformación, lo que deja a los países europeos cada vez más expuestos en sus fronteras, sus redes eléctricas y su logística militar”, indica. “Pero una cosa es reconocer ese riesgo y otra es afirmar que haya una guerra en puerta entre Rusia y Europa”, matiza, y subraya que hasta ahora no hay evidencia pública de que Rusia prepare una invasión convencional contra un miembro de la OTAN. El continente enfrentará, en cambio, amenazas híbridas de Moscú más que guerras abiertas, mientras el rearme y las tensiones migratorias favorecen el ascenso de fuerzas de derecha.

La cláusula de defensa colectiva del bloque —un ataque a uno es agresión contra todos— sigue pesando en el cálculo del Kremlin. Por eso Sabio ve más plausible, si la tensión sube, el terreno híbrido o episodios acotados: “un sabotaje, un ciberataque, drones sobre una frontera o daños contra infraestructura crítica. Estas maniobras no equivalen formalmente a invadir, pero sí sirven para poner a prueba la capacidad de respuesta política y también militar que pueda tener la OTAN”.
A la ecuación se suma la vulnerabilidad que inquieta a los líderes europeos: la soledad estratégica frente a Washington. Tras décadas en que Estados Unidos fue garante indiscutido de la seguridad regional, la postura de Donald Trump resulta “mucho más transaccional y también imprevisible respecto de la OTAN”. Al presionar por costos y dejar latente un repliegue de tropas, crece la duda sobre el respaldo real ante una crisis mayor. Aunque los despliegues norteamericanos continúan —como rotaciones recientes en Lituania—, la confianza se resquebrajó. Europa acelera entonces el rearme; Sabio alerta el doble filo: la preparación busca disuadir, pero puede “consolidar una espiral en la que cada movimiento defensivo del otro se interprete como una próxima agresión”. Más allá de los discursos de líderes que quieren mostrarse listos, estima poco probable que Rusia concrete un ataque en suelo europeo.
El cuadro se complica porque la amenaza externa golpea un continente con fracturas internas. Villaluenga subraya que la crisis europea no es solo militar ni fronteriza: está ligada a divisiones sociales. La migración se volvió eje de polarización —inseguridad percibida, malestar económico y desgaste de élites tradicionales alimentaron el ascenso de formaciones de derecha y partidos nacionalistas con discurso antimigratorio—. Así, concluye, el proyecto europeo soporta doble presión: “hacia afuera con esta guerra prolongada en Ucrania, el deterioro de la relación con Rusia y la cuestión energética. Y hacia adentro con el tema de la migración y el creciente avance de las derechas”.
El panorama que dibujan ambas especialistas desmonta la inminencia de una Tercera Guerra Mundial convencional en las estepas europeas, pero confirma que la era de la paz cómoda quedó atrás.


