Solo el 22% de los argentinos duerme sin problemas, revela un relevamiento de la UBA
Un informe del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la UBA muestra un fuerte deterioro del descanso, el peso de pantallas y pandemia, y una brecha de acceso a tratamientos pese al reconocimiento del malestar.
· 4 min de lectura Por Redacción Base Tucumán

Conciliar y sostener el sueño se volvió un desafío para la mayoría de la población argentina. El Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) documentó que apenas el 22,29% de quienes participaron del estudio afirmó no padecer inconvenientes para dormir; el 58,69%, en cambio, reportó dificultades frecuentes u ocasionales para conciliar o mantener el descanso.
Las cifras integran un relevamiento sobre el estado psicológico nacional y vuelven a situar el sueño entre los ejes de la salud física y mental. El segmento que declara dormir poco creció con nitidez: del 10,53% registrado en marzo de 2020 al 38,20% en la medición más reciente.
Cristian Javier Garay, doctor en Psicología, profesor e investigador de la misma facultad, sostuvo que conviene leer el fenómeno en un marco más amplio. “Estamos atravesando un empeoramiento de la calidad y una disminución en la cantidad de horas de sueño”, afirmó. Vinculó parte del escenario con la pandemia de coronavirus, sobre todo entre quienes eran adolescentes durante las cuarentenas y hoy son adultos jóvenes: ese tramo pudo mermar herramientas de regulación emocional y la capacidad de vincularse socialmente.
Aun así, aclaró que los indicadores generales de salud mental evolucionan de otro modo. Desde el Observatorio se observa una baja paulatina del riesgo de padecer problemas después del golpe inicial de la pandemia, sin recuperar del todo los niveles previos.
Entre los factores que pesan sobre el descanso, Garay destacó las tecnologías digitales. “Las tecnologías están diseñadas para captar nuestra atención y mantenernos conectados”, señaló. El conflicto se agudiza de noche, cuando redes sociales, mensajes, tareas laborales y otros estímulos siguen activos hasta acostarse; esa estimulación puede interferir con la relajación necesaria para dormir. El informe de la UBA advierte, además, que las alteraciones del sueño figuran entre las problemáticas más relevantes porque impactan uno de los pilares de la salud, junto con la actividad física y la alimentación.

La investigación también indagó qué hacen las personas ante el malestar emocional: hablar con amigos, hacer actividad física o consultar a un profesional aparecen entre las respuestas. Garay valoró esas conductas como herramientas saludables y advirtió por otras, como alcohol, drogas o medicación sin supervisión. “En el corto plazo tal vez puede anestesiar, puede hacer que olvidemos una dificultad que tenemos, pero en el largo plazo nos estamos agregando un problema secundario”, dijo respecto del consumo de sustancias para regular emociones. Resaltó la automedicación con ansiolíticos u otros fármacos para dormir o calmar la ansiedad: el 5,75% de los participantes informó tomar medicación sin receta.
Sobre dónde buscan contención en momentos difíciles, hablar con amigos lidera las respuestas y el apoyo familiar pesa mucho menos. Garay recordó que históricamente la familia fue grupo primario de contención, aunque no siempre ocurre hoy. “Por ahí esto está vinculado también con niveles de violencia que se ven en las familias, conductas problemáticas que hacen que ese espacio, en lugar de brindar contención, genere mayor estrés”, indicó. Entre las señales de alerta mencionó el aislamiento, el retraimiento, abandonar grupos de amigos o perder interés por actividades habituales.
El informe detectó, asimismo, una brecha entre necesidad y acceso: el 50,05% de quienes no realiza tratamiento psicológico considera que lo necesita, y las trabas económicas figuran entre las principales barreras. Para Garay, la salud mental no es un asunto de sectores acotados; jóvenes y personas en situaciones laborales o sociales más precarias pueden enfrentar más obstáculos. “Hay un prejuicio. Muchas veces se piensa los problemas de salud mental como problemas de ricos”, explicó, aunque subrayó que los sectores desfavorecidos también están muy afectados y con mayores dificultades para acceder a tratamiento.
Consultado sobre cómo reconocer un problema, Garay aclaró que no se manifiesta de un solo modo: puede verse como angustia, tristeza, ansiedad o llanto, pero también como aislamiento o dificultad para desenvolverse en la vida cotidiana. Estudiar, trabajar, sostener vínculos, desarrollar proyectos o disfrutar el tiempo libre forman parte de ese equilibrio. “Todo lo que afecte y dificulte estas áreas está vinculado con problemas de salud mental”, afirmó. Insistió en la consulta profesional y la detección temprana: la salud mental no debería abordarse solo cuando el malestar es extremo, sino también desde la prevención y el cuidado cotidiano.
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